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LA VIRGEN MARÍA…

LA VIRGEN MARÍA EN LA FAMILIA VICENTINA

María no es en la Familia Vicentina un apéndice o una devoción exclusiva de un grupo o asociación. Ella está inmersa en todas las ramas enseñándonos cómo se vive la vida en unión con Jesucristo, a la escucha de su Palabra y para el servicio de los demás. La devoción mariana dentro del camino vicentino es sobria en sus expresiones y de un profundo sentido práctico. María es la mujer sencilla y humilde, maestra de vida espiritual, es la madre intercesora, nos enseña el camino de la oración y el servicio solícito a los pobres como manera directa de descubrir y llegar a Cristo, lo que nos exige, como ella lo hizo, estar atentos a las necesidades de los pobres y buscar la mejor manera de servirles.

San Vicente de Paúl y la Virgen María
Aunque San Vicente de Paúl no tiene un tratado ni una carta exclusiva a la Virgen María, ella estuvo presen­te en todas sus etapas espirituales. A lo largo de sus cartas y documentos hay una mención permanente. Es propuesta como ejemplo de sierva a sus Hijas de la Caridad y a sus Hermanos y Sacerdotes de la Misión: “Soy en el amor de nuestro Señor y de su santa Madre, señorita, su muy humilde servidor” (1, 107). La presencia de María atraviesa las Reglas Comunes de la Misión (IV. 1; V. 1; X. 4) y es mencionada en los Reglamentos de las diversas Caridades difun­didas en los viajes de Vicente.

Su primer biógrafo, Luis Abelly, narra: “San Vicente ayunaba la víspera de las fiestas de la Virgen, en el oficio de las solemnidades, utilizaba las antífonas de la Santísima Vir­gen para orar en las asambleas, rezaba el Angelus de rodillas, visitaba y hacía visitar las iglesias de la Madre de Dios, y ponía las cofradías bajo su pro­tección.”
Repasando algunos escritos encontramos su concepción de la Virgen:

  • María es muy obediente con Dios: “Entretanto, honremos la paz con que acep­tó la Santísima Virgen la voluntad de Dios en la muerte de su Hijo” (VII, 360).
  • María es la modestia misma: “Tenía tan gran modestia y pudor… que se turbó, sin mirarlo” (al ángel) (IX, 97).
  • María es discreta: “es mantenerse retirada, como lo hacía la Santísima Virgen, sin hacer ninguna visita inútil y hablando poco” (IX, 315).
  • María, limpia de pecado: “La Santísima Virgen no pecó jamás” (IX, 553).
  • María es la intercesora: “Recemos a la Santísima Virgen, para que ella pida a su Hijo por nosotros” (IX, 733).
  • María es humilde: “¿Qué es lo que movió a Dios  fijarse en la Virgen? Nos lo dice ella misma: “Fue mi humildad”” (IX, 1077), o también Vicente se dirige a María: “Se debió precisamente a tu humildad el que Dios hiciera en ti cosas grandes” (IX, 965).
  • María es perfecta: “Solamente Jesucristo y la Santísima Virgen han estado libres de imperfecciones” (IX, 1031).
  • María es llena de gracia: “Cuando el ángel fue a saludar a la Santísima Virgen, empezó por reconocer que estaba llena de las gracias del cielo” (XI, 606).
  • María es virgen: “Su madre siguió siendo virgen y fue siempre casta” (XI, 679).
  • María es inmaculada: (Dios) “no encontró a ninguna tan digna de esta gran obra como la Purísima e Inmaculada Virgen María” (X, 43).
  • María es perseverante: “Perseveró en medio de todas las dificultades que se pre­sentaron durante la vida y hasta la muerte de nuestro Señor” (X, 937).

Santa Luisa de Marillac, Fundadora de las Hermanas Vicentinas
Santa Luisa fue devota de sus misterios, que meditó y analizó; ama a María, le reza y hasta compone oraciones en su honor. Y en un momento de su vida (la peregrinación a Chartres, c. 121)) expone a Nuestra Señora de Chartres sus tres preocupaciones: su vida espiritual impregnada del complejo de culpabilidad por sus pecados y por el temor a condenarse, las necesidades materiales de su hijo y su salvación, y la Compañía de las Hijas de la Caridad, con la perseverancia en la vocación en bien de los pobres.

Los biógrafos nos descubren a una mujer llena del Espíritu de Jesús que profundizó en los misterios marianos y amó con todas sus fuerzas a María, y confió de tal manera en ella que la declaró Madre de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Madre, en el sentido de ser María quien engendrara la Compañía.

Ideó el rosario de nueve cuentas, enamorada de la Virgen María en su misterio de estar encinta, esperando ilusionada nueve meses el nacimiento de su Hijo Dios. Así se lo cuenta a su director san Vicente: “El rosarito es la devoción para la que le pedí permiso a su caridad hace tres años y que hago en privado, teniendo en un cofrecito cantidad de estos rosarios con pensamientos escritos en un papel sobre este tema, para dejarlos a nuestras Hermanas después de mi muerte, si su caridad lo permite; ninguna lo sabe. Es para honrar la vida oculta de Nuestro Señor en su estado de aprisionamiento en las entrañas de la Santísima Virgen, y para felicitarla a ella por su dicha durante aquellos nueves meses; las tres cuentas pequeñas para saludarla con sus hermosos títulos de Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. Esto es lo principal de esta devoción” (c. 143).

Se expresó así de la Virgen: “Fue la única pura criatura que siempre ha sido agradable a Dios; lo que la hace ser asombro de toda la Corte Celestial y admiración de todos los hombres… Por eso será eternamente gloriosa esta bella alma, elegida entre millones, por la adhesión que tuvo a los planes de Dios” (E 106).

Las apariciones de la Virgen a Santa Catalina de Labouré
Desde Julio hasta Diciembre de 1830 sor Catalina, joven novicia de la Hijas de la Caridad, recibe el inmenso favor de conversar tres veces con la Virgen María.

El 18 de julio de 1830, en vísperas de la fiesta de San Vicente, a las once y media de la noche, oyó que la llamaban por su nombre. Al pie de su cama, un niño misterioso la invitó a levantarse: « La Virgen María te espera» dijo. Catalina se vistió y siguió al niño. Llegaron a la capilla, Catalina se detuvo cerca del sillón del sacerdote situado en el presbiterio.

«He aquí la Santísima Virgen», dijo su pequeño guía. Duda en creerlo, pero el niño repite en voz más alta: «He aquí la Santísima Virgen».  Catalina se arrodilló ante María sentada en el sillón y puso sus manos en las rodillas de la Virgen. Dice Catalina: “Allí, paso un momento, el más feliz de mi vida. Sería imposible decir lo que experimenté. La Virgen me dijo cómo debía portarme con mi confesor y varias otras cosas.”

Catalina recibió el anuncio de una misión y una petición: que se funde una Cofradía de las Hijas de María. Lo que haría el Padre Aladel el 2 de febrero de 1840, creando la Asociación de la Medalla Milagrosa.

El 27 de noviembre de 1830, a las 5 y media de la tarde, estando las novicias en oración, la Virgen Santísima se le apareció de nuevo a Catalina debajo del cuadro de San José (sitio donde está actualmente la Virgen del Globo). Primero vio Catalina como dos cuadros vivientes que pasan encadenados, y en los cuales la Virgen estaba de pie sobre medio globo terráqueo, aplastando con sus pies una serpiente.

En el primer cuadro, lleva la Virgen en sus manos un pequeño globo dorado rematado por una cruz que levanta hacia el cielo. Oyó Catalina: “Esta bola representa al mundo entero, a Francia y a cada persona en particular.”

En el segundo, salen de sus manos abiertas, cuyos dedos llevan anillos de piedras preciosas, unos rayos de un brillo bellísimo. Al mismo tiempo Catalina oyó una voz que dice: “Estos rayos son el símbolo de las gracias que María consigue para los hombres.”

Después se forma un óvalo en torno a la aparición y se inscribió en semicírculo una invocación, hasta entonces desconocida, escrita en letras de oro:

«Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti».
Se oyó, entonces, una voz: «Haz acuñar una medalla según este modelo. Las personas que la lleven con confianza recibirán grandes gracias». Después, se vuelve el cuadro y Catalina vio el reverso de la medalla: arriba, una cruz sobre la letra inicial de María; abajo, dos corazones, uno coronado de espinas, otro atravesado por una espada.

En el mes de diciembre de 1830, estando en oración, vuelve a escuchar Catalina un ruido, esta vez detrás del altar. El mismo cuadro de la medalla se presenta junto al tabernáculo, por detrás.  «Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Virgen Santísima consigue para las personas que le piden…Ya no me verás más».

La Virgen y la Sociedad de San Vicente de Paúl    
En la reunión ordinaria número 22 de la primer Conferencia Vicentina, celebrada el 4 de febrero de 1834, el socio Jean León Le Prevost propuso que como patrono de la naciente Sociedad se nombrara a San Vicente de Paúl y la Conferencia aprobó por unanimidad. Inmediatamente, el socio Federico Ozanam propuso encomendar la Sociedad a la Santísima Virgen María, lo que igualmente se aprobó, y tomaron la determinación que, en adelante, al iniciar la reunión se tuviera una oración al Espíritu Santo, y que al terminarla se tuviera una oración a la Santísima Virgen María.

Más adelante, en el año de 1854, con motivo de la Declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción por el Papa Pío IX, amigo de la Sociedad y de Federico Ozanam, recientemente fallecido, los vicentinos de Italia y algunos extranjeros se desplazaron a Roma para participar en los actos de celebración, rindiéndole homenaje a la Santísima Virgen, y el Santo Padre aprovechó la ocasión para acompañar a la Sociedad en una de sus reuniones ordinarias que celebraron en Roma con asistencia de 450 socios.

En el mundo, y también en Colombia, numerosas Conferencias están bajo el patrocinio de distintas advocaciones de la Santísima Virgen María lo que demuestra el afecto de los vicentinos por Ella.

La Virgen en la vida de Federico Ozanam
En una carta enviada desde París, en 1843, Federico escribe a Dominique Meynis: “Desde que fui llamado a mis peligrosas funciones en París, cada año que he ido las he puesto bajo la protección de Nuestra Señora de Fourvière, a la que he sido consagrado desde la infancia”.

En 1845, cuando se encontraba en París como corresponsal del Consejo de Lyón, escribe: “Así como no nos quitaron ni a Santa Irene, ni a Nuestra Señora de Fourvière, tampoco nos quitarán la Propagación de la Fe”.

La Virgen en otras ramas de la Familia Vicentina
Existen muchas ramas de la Familia Vicentina, formadas alrededor de la devoción a la Santísima Virgen y con ella en su nombre: Juventudes Marianas Vicentina, Hermanas de la Caridad de Jesús y María, Hermanas de la Caridad de la Inmaculada Concepción, Hermanas de la Visitación de María, el Monasterio de la Asunción en Roma y muchas otras.

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