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LAS VIRTUDES VICENTINAS

Las Virtudes Vicentinas, definen la manera
de compartir con los más necesitados.

Para la mayoría de Vicentinos hablar de Celo, humildad, sencillez…son palabras con las que están muy familiarizados, ya que son las virtudes que guían su quehacer. Es importante que todos tengamos claro cuales son esas virtudes y que las utilicemos como ruta filosófica (ideológica) para formar a nuevos socios, voluntarios y beneficiados.

Parece ser que es una palabra no muy apreciada en nuestra cultura ni muy usada en nuestro vocabulario. Se tiende hoy más a hablar de actitudes o de valores que de virtudes. Y, sin embargo, la idea de “virtud” ha gozado de extraordinaria importancia tanto en nuestra tradición cultural como en nuestra raíz religiosa. Las virtudes vendrían a ser como la cristalización de los buenos sentimientos.

Dice el número 2.5.1 de la Regla de la Sociedad que “los Vicentinos buscan imitar a San Vicente en las cinco virtudes esenciales que fomentan el amor y respeto por los pobres”. Y cita concretamente en ese contexto las virtudes de Sencillez: que incluye franqueza, integridad, generosidad. Humildad: aceptar la verdad tanto de nuestras debilidades como de nuestros dones y carismas, aún sabiendo que todo nos lo ha dado Dios para los demás, y que no podemos lograr nada de valor eterno sin Su gracia. Afabilidad: confianza amistosa y buena voluntad invencible. Sacrificio: suprimir nuestro ego con una vida abnegada – los miembros comparten su tiempo, sus posesiones, sus talentos y se entregan en un espíritu de generosidad. Celo: pasión por el desarrollo humano pleno de las personas y por su eterna felicidad.

Las virtudes, comúnmente, pueden resultar pasajeras y volubles, pero para los vicentinos definen en buena medida su manera de estar en el mundo y el comportamiento con respecto a los demás. De las virtudes que se distinguen depende en gran parte la conformación de la personalidad y el resultado de las decisiones.

No es lo mismo situarse ante el mundo con responsabilidad que con pasotismo, con humildad o con soberbia, con magnanimidad o con envidia, con sencillez o con apariencia, con mansedumbre o con ira. Por eso la formación humana y crecimiento espiritual no pueden detenerse en el moldeado de unos sentimientos, sino que han de ahondar en la configuración de unas virtudes que hagan de los vicentinos unos individuos sanos, nobles, virtuosos, cristianos.

Todas las grandes tradiciones y culturas han consagrado una serie de valores como propios de la condición humana. En buena parte, los vicentinos han recogido la herencia de la “virtus” latina, palabra que no se puede traducir sin más por virtud, sino que tiene resonancias más hondas. “Virtus” es el conjunto de cualidades propias de la condición humana. Es la energía vital, el valor, la valentía, el esfuerzo. Es el mérito, el talento, la fuerza personal.

Las virtudes, en definitiva, definen nuestro ser cristiano, nuestro estilo vital. Y si es verdad, como decía el francés Montaigne, que “el estilo es el hombre”, las virtudes caracterizan no sólo nuestra espiritualidad sino toda nuestra personalidad. El estilo es lo que nos distingue: no tanto la forma de vestir, de trabajar, o de vivir, sino el espíritu que nos alienta. Éste no se ve, ni se mide, pero nos caracteriza. Por eso no es indiferente el cultivar una u otra virtud. A menudo, y más en época de activismo y de resultados tangibles, pensamos que da igual un talante que otro, un espíritu que otro, un estilo que otro. Y el pensar así es peligroso; porque nos acaba convirtiendo en meros instrumentos, nos acaba desdibujando, desidentificado, desanimando. De ahí que sea tan importante el conocer nuestras virtudes esenciales para poder cultivarlas.

Les decía San Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad que el día en que en ellas no se viviera la sencillez, la humildad y la caridad estarían muertas. Así ocurrirá también con los vicentinos: el día en que no se vean su sencillez, humildad, afabilidad, sacrificio y celo habrán dejado de vivir. Son virtudes que nos hacen vivir, porque son virtudes que nos enraízan en Cristo y que fructifican en el servicio a los pobres. No se trata de virtudes ascéticas, místicas o morales, tendentes a la perfección individual. Se trata de virtudes evangélicas que reclaman adhesión a Dios, seguimiento de Jesucristo y participación en su misión. De vivir con ese estilo propio, según las virtudes vicentinas, depende, por tanto, la calidad de nuestra entrega a Dios y la densidad de nuestro servicio a los pobres.

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